Un blog propio
martes, julio 05, 2005
  LA TRASVESTI INVOLUNTARIA

Por Mónica Mayer



La comodidad me llevó a convertirme en una trasvesti involuntaria.

De bebé mis papás no me hicieron hoyitos en las orejas y rara vez uso aretes porque los de presión me molestan.

Traigo botitas porque desde niña se me tuercen los tobillos. Jamás dominé el tacón alto.

De adolescente la melena me llegaba abajo de la cintura. Un día me hartó la chamba que implicaba cuidarla. Ahora uso el cabello cortito.

No me maquillo porque no veo sin lentes o me tallo los ojos pintados y acabo embarrada

Uso huipiles por bellos y cómodos, pero también camisas de pana de cuadros por calientitas. Me recuerdan a Víctor (mi esposo) que es de Tijuana. Son parte del vestuario que compartimos.

Soy fachosa por naturaleza y defiendo mi derecho a serlo.

La bronca empezó cuando, a mis cincuenta y pico de años y con kilitos de más, cuando no traigo huipil, me dicen “señor”. Primero me daba risa, pero después me irritó. Seré fachosa, pero me encanta ser mujer.

El dilema se volvió tema de conversación familiar. “Ponte blusas color pastel”, sugirieron unos, mientras otros se sorprendían que me molestara que me dijeran señor. Notamos que los aretes, collares y el largo del cabello ya no sirven para distinguir el género y en la era de la obesidad, un guey gordo tiene las chichis tan grandes como las de una vieja de mi edad.

Estaba a punto de taladrarme las orejas para usar aretes, cuando llegó la invitación a LA INQUIETANTE SEMANA INTERNACIONAL DE LAS MUJERES BARBUDAS. Me pareció divertidísimo. Al poco tiempo me avisaron de una sesión fotográfica para las barbudas en una peluquería en la colonia Narvarte. Asistí.

¡Ponerme la barba fue increíble! Primero noté cuán desnudo había estado mi rostro. Después observé que me gustaba acariciar mi propia barba. Por último comprendí que no me molestaba disfrazarme de hombre, sino ser trasvesti involuntaria.

Ahora me dicen: “¿Señora, porqué trae barba?



MÓNICA MAYER http://www.pintomiraya.com.mx
LA INQUIETANTE E INTERNACIONAL SEMANA DE LAS MUJERES BARBUDAS
http://www.unblogpropio.blogspot.com 
  Y sin embargo, se mueve...

Por Patricia Vega


Desde un punto de vista biológico, la existencia barbas o vello facial, no es una característica exclusiva del llamado sexo masculino. La biología y la medicina nos han permitido comprobar que en todas las personas se combinan las hormonas masculinas y femeninas. Y la principal hormona masculina -no hay que dejar de insistir en que también existe en las mujeres-, la testosterona, es justamente la hormona que regula el crecimiento del vello facial y corporal, pero también se le conoce como la responsable de la existencia del apetito sexual.

Así, estas barbas y bigotes se deben al hecho de traer los niveles de testosterona hipotéticamente por los cielos, después de atravesar por una temporada en la que andaba con las pilas bajas y la consiguiente pérdida de libido como resultado de la escasa producción de estrógenos, característica de la menopausia.

Decidí poner mis barbas a remojar y recurrir al sabio consejo de mi amigo Javier Flores con el propósito de empezar a desentrañar esta madeja y lo primero que asentó en la entrevista concedida es que no existe un modelo uniforme de sexualidad. En opinión de este médico cirujano y maestro en ciencias, interesado desde hace años en el estudio del sexo biológico de los seres humanos, una de las mayores aportaciones del pensamiento médico a la humanidad es el concepto de la individualidad biológica que no es, por cierto, -agrega- una idea reciente, sino que aparece mucho antes que Platón. En este orden de ideas, en su libro El paradigma sexual (Lectorum, 2001), Javier Flores propone un nuevo paradigma: el de la existencia de un sexo individual para cada persona. En consecuencia, habría tantos sexos como individuos existan en el planeta. Más aún, concluye Flores, el sexo en los humanos no es algo fijo para toda la vida, es algo que se está moviendo constantemente: tu tienes un sexo y una conducta sexual en este momento y con el paso del tiempo tienes otra, es algo que se va modificando tanto conductual como anatómicamente. Nuestra sexualidad nos puede sorprender en cualquier momento. Está poca madre, ¿no?

Este divertimento tiene como propósito volver a evidenciar la necesidad de modificar el paradigma de los dos sexos únicos -hombre y mujer- que ha mostrado su inoperancia en prácticamente todos los campos del conocimiento humano.


¡Salud y larga vida a las mujeres barbudas!


Ciudad de México, junio de 2005 
  Envidias domésticas, sin embargo exóticas

por: Vizania Amezcua.

En hablando de barbas y toda vez que mi memoria, negada a olvidar, las ha mantenido ahí para que yo no logre reponerme, aún cuando ignore con qué exacto afán esas remembranzas se conservan, dos son las que recuerdo -lo confieso sin el menor recato- con mayor envidia y sentimiento de desgracia: la de mi padre: completa bajo el bigote, tupida hasta lograr el encanto de lo acolchonado y platinada en su totalidad cuando ya rebasaba los sesenta; y la otra: perteneciente al rostro de un amante ya lejano que, afrodisíaca en su poblada oscuridad, siempre lució un perfecto corte de candado.

Dichas barbas les otorgaban a estos dos hombres, según Quevedo en su romance burlesco titulado Varios linajes de calvas, a la par de la tradición estética, la virilidad, fuerza, valor, honor y belleza que se ha conferido a ese entramado de pelos circundantes a la boca. Pero además, esa sabiduría implícita que se ha concedido a la barba desde siempre, que impulsó a letrados, médicos y ermitaños de otras épocas a usarla al más puro estilo de Marx o Engels; costumbre con la que pretendían inspirar su idea de sabiduría y ciencia -entendiendo que ésta consistía en “pelo y gestos”, como también censura Quevedo- y que de modo paralelo, en contrasentido, exponía a los rapados, calvos o lampiños como ignorantes; luego entonces no era de extrañar que, en aquella época, el barbero pudiera deshacer letrados, e incluso hombres.
Pero volviendo a esas dos moscas (sinónimo humorístico de barba) y más allá de las apariencias, existían otros aspectos que también me parecían harto envidiables. Por principio, la forma que en la que el primero
-entiéndase mi padre- solía acariciarla: partiendo, de forma invariable, desde el labio inferior hasta toparse con el desierto del cuello, la mano firme y confortada tras la sensación de esa alineación de vellos como si acariciara el lomo de un gato (con la ventaja incluso de sentir al mismo tiempo lo que el felino experimenta cada que es acariciado).

Y cuando terminaba de beber, esas copiosas gotas que quedaban atrapadas en la punta de sus bigotes, mismas que para qué secar con la servilleta, si un rápido movimiento del labio inferior podía llevarlas de inmediato a la boca en la comprobación y afirmación de que para él “siempre habría unas cuantas gotas extra”.

Por su parte, el antiguo amante fue siempre más recatado para con su forma de acariciarla, y de educación un poco más medrosa, creo no haberlo visto nunca, luego de beber, lejos de la servilleta. Sin embargo y a diferencia de mi padre, éste también exhibía sus envidiables manías peludas: por un extremo de la boca, la punta de su lengua hacía repentinos escapes para tocar, apenas al roce, los vellos duros que crecían en la comisura de sus labios. Acto que, además, podía ser ejercitado en dos vertientes: como el sencillo pasatiempo de quien distraído y absorto dejaba pasar lo que marca el engranaje de los relojes, o como quien, en busca de concentración, lograba transformar ese roce de vellos en el mejor asidero para sus ideas.
Tras mirarlos en repetidas ocasiones yo solía lamentar el hecho de no haber tenido una barba, quizá de la misma forma en que se lamentan los calvos: esos que llevan el luto por la hebra caída usando los restos que les quedan en la sien para taparse la coronilla reluciente, los que incendian sus ahorros pagando malhadados implantes, los que se rapan el cráneo en un arrebato de resignación pro-activa o los que no se quitan la cachucha. Desde luego habrá quien diga que esta afirmación: la de envidiar el look Marx-Engels, no resulta del todo veraz y convincente, y que si yo hubiese padecido hipertricosis -exceso de vello en el rostro- y, repentinamente, me volvieran a dar una oportunidad para escoger, debería gritar: ¡calvicie!, ¡calvicie a todas luces!. No obstante hoy puedo resolver que mi memoria hizo bien en guardar aquellas impresiones de doméstica envidia y sentimiento de desgracia, lo mismo que el recuerdo de aquellas barbas, de lo contrario quizá no me hubiese atrevido a escuchar el llamado recluta que me ha convocado ni estaría usando esta barba como lo hago ni el diván o el confesionario habrían logrado curarme de esa fijación velluda que la memoria se ha negado, se niega a olvidar. 
Este es nuestro ciberestudio. Aqui venimos a escribir lo que Afuera escribimos de otras maneras.

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